Corpus meum

Nunca he sido buena en actividades físicas o deportes. Ninguno.

Ballet, tan pequeña que ni lo recuerdo, pero puedo imaginarme intentando hacer la mariposa y acabar balanceándome sobre la espalda por no ser capaz de mantener la postura. Más tarde, flamenco. Más de lo mismo, no pasé de mover las muñecas y practicar un sólo paso durante dos años. Después llego la gimnasia artística, aquí pude pasar unos tres años, dos tardes a la semana. Aprendí a dar la voltereta hacía delante. Actualmente, me produce pánico hacer volteretas.

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El colegio. Llegaron deportes como el balón prisionero, o “el matá” como se dice en mi pueblo, y el voleibol. Por supuesto, tampoco era buena en estos deportes, pero descubrí algo, era fuerte y tenía carácter, podía utilizarlos para encajar y no quedarme apartada mientras veía como el resto o avanzaba o eran buenos deportistas por naturaleza. Durante esta época probé, además, el baloncesto. Creo que, con decir que la primera vez que ganamos un partido fue cuando yo dejé el equipo, es suficiente.

En los primeros años de instituto no recuerdo practicar más deporte que el obligatorio en la escuela. Quizá alguna visita al gimnasio del pueblo, más por pura apariencia y novedad que por una motivación real.

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Al tiempo que preparaba los exámenes de selectividad, en el último año de instituto, me apunté a rugby. Estuvo bien, pero se me caía constantemente el protector bucal durante los partidos, mastiqué bastante hierba. Incluso salimos en el periódico, durante unas jornadas de igualdad. Aunque el titular junto a la foto del equipo es de otra noticia, concretamente de una “Carrera de potrancas”, lo que daba lugar al error.

Llegó la universidad. Probé un poco de running, pero bah…pocos meses. Descubrí el pilates de gimnasio y, aunque aparentemente no parezca atractivo, me sirvió. La profesora era especial, vivió en México durante muchos años, hasta que su matrimonio terminó. A veces nos contaba pequeñas historias sobre su vida y la veías ahí, tan menuda, tan maquillada, hablando de tiempos pasados con cierta nostalgia, transportándote fuera del gimnasio. Por supuesto, tampoco era buena, para muchas posturas tardé un año en conseguir hacerlas medianamente bien, pero inconscientemente, comencé a dominar mi mente, a acallarla, a sentir el cuerpo, el aire inhalado y exhalado. Por primera vez, lo observé.

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Ahora practico yoga, no de gimnasio, claro, yoga de vida, de templo, que es el cuerpo. Cuerpo femenino tantas veces escrutado, por si tiene una estría de más o un gramo de menos. Examinado por ojos ajenos, para señalar si no se mueve con gracia. Maltratado por una misma y los demás, ocultado, reprimido y transformado en tabú.

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Hoy puedo observar el interior, los bloqueos, las cicatrices, los daños. Ser consciente de la energía liberadora que lo recorre. Veo el potencial infinito, el instrumento perfecto que es. El yoga me ha enseñado a vivir al ritmo de la respiración, abrir el pecho, relajar los hombros, a observar sin reaccionar, como tantas veces repite mi Maestra.

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Foto por Magdalena Krasowski

 

Categorías:Uncategorized

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