Ágape

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En esta época del año en la que muchos nos sentimos abrumados por la cantidad de estímulos, luces, gente por las calles, comidas copiosas, sed insaciable, a veces necesitamos mirar hacia dentro. Frenar y dar marcha atrás, hacia épocas que ni yo he vivido, al tiempo de las abuelas, donde no se iba al supermercado a comprar cantidades desmesuradas de turrones, mantecados y otros alimentos típicos de la Navidad. Donde se cocinaba en casa, con calma, rodeadas de olores y voces aniñadas de fondo.

Hoy he intentado evocar esa esencia, esa magia que debería envolver cada paso que damos, para hacerlo firme, con temple, confiado. Hace mucho que por mi mesa no pasa un animal, a excepción de mis gatos, por eso decidí elaborar unos ricos mantecados veganos.

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El mantecado, de origen andaluz, de mi tierra, esa que ahora me queda un poco lejos, era elaborado a base de manteca de cerdo y diferentes harinas. Mis mantecados no llevan el peso del sufrimiento y la agonía, mas la de aquellos que, libremente con sus manos, recogen cada año la aceituna de la que se extrae ese oro líquido.

Ojalá pudierais oler la embriagadora esencia que recorre ahora todas las estancias de mi casa, el aroma a canela y almendras tostadas.

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Categorías:Uncategorized

2 replies »

  1. Dices “ojalá pudieras oler la embriagadora esencia que recorre todas las estancias de mi casa”. Pues claro que se puede oler, se huele y hasta se paladea, basta con leer tus frases y contemplar tus fotos, destilan una evocación tan típica hogareña de las Pascuas de los 50 y 60, quizás en algunas casas hasta de los 70, que es imposible no entrar en situación y ambiente.
    No recuerdo a nadie en mi casa haciendo mantecados, no creo que se hicieran, si hubiera olido alguna vez esos aromas los conservaria intactos y disponibles para mi deleite íntimo, eso es seguro.
    Por estas fiestas, en casa, aquellos días corrían acompañados por el típico de Estepa, polvorones, alfajores, mazapanes, pero te entiendo perfectamente, porque nunca se perderá de mi memoria el recuerdo de los olores de las torrijas, los pestiños y, sobre todo, de las Torteras de Triana, que, aunque en otra época del año, también eran clásicas elaboraciones caseras que se hacían entre chácharas, bromas, risas y cantiñas de abuelas, madres, tías, vecinas y la jaleosa trupe de toda la niñeria.
    Muchas gracias por el ratito tan delicioso que nos has regalado con tu relato de una experiencia tan gratificante para tí y tan disfrutable para quienes lo hayan leído.
    Esos aromas tan penetrantes y tan exóticos que describes con tanta realidad, quedan ahí contigo para siempre.
    Enhorabuena por la iniciativa y por contarla después.

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